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La tercera Guerra Mundial será 100% tecnológica

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ArgenLeaks | La nueva era de la guerra: del Osirak a los pulso-EMP

Cómo las potencias reescriben el conflicto global con virus, satélites y armas invisibles

En 1982 Israel ejecutó la Operación Ópera: un ataque aéreo quirúrgico que destruyó el reactor nuclear Osirak en las afueras de Bagdad. El objetivo era claro: frenar el avance nuclear iraquí. Veintiocho años después, la lógica fue idéntica, pero el método completamente distinto. En 2010, Irán sufrió el primer sabotaje digital de escala industrial: un ataque informático —atribuido extraoficialmente a Estados Unidos e Israel— que inutilizó cerca de mil centrifugadoras en la planta nuclear de Natanz. El virus, bautizado Stuxnet, fue descrito por Symantec como “una pieza de ingeniería sin precedentes”, capaz de tomar control de la maquinaria industrial y destruirla desde adentro.

Ambas operaciones buscaron lo mismo: frenar la capacidad estratégica del enemigo. Pero entre un bombardeo y un virus hay casi una nueva forma de conflicto. De hecho, autores como Rid plantean que la “ciberguerra” no existe en sentido estricto: lo que vemos no es guerra sino la evolución natural de tres prácticas tan antiguas como la humanidad: espionaje, sabotaje y subversión. Sin embargo, otros especialistas como Sulek y Moran sostienen lo contrario: que el mundo ya vive una guerra fría digital, en la cual las superpotencias libran batallas invisibles, sin tanques ni misiles, pero con objetivos políticos, económicos y militares claros.

Hoy existen mapas satelitales que muestran en tiempo real ataques cibernéticos a empresas, gobiernos y organismos de seguridad. La información pasó a ser el recurso más valioso de toda estrategia estatal y los presupuestos en tecnología superan, en muchos países, al de armamento tradicional. Y si hablamos de vigilancia, la lista de herramientas es tan amplia como inquietante: simuladores de antena (IMSI Catchers) que interceptan teléfonos, software estilo Pegasus capaz de tomar control de un celular sin que el usuario lo note, drones miniaturizados de reconocimiento, micrófonos láser que escuchan a distancia y sistemas satelitales que rastrean objetivos con precisión quirúrgica.

Fuentes ligadas a la inteligencia argentina admiten que, pese al aumento del gasto tecnológico, el país está a años luz de los arsenales digitales de Israel, Estados Unidos o Rusia. Esos actores manejan sensores capaces de observar desde más de 10.000 metros con resolución milimétrica, cámaras infrarrojas que “ven” dentro de edificios, detectores de calor humano y rastreadores que identifican huellas recientes en el terreno. Tecnología que no aparece en catálogos ni ferias militares: circula en entornos cerrados, reservados para operaciones cuyo rastro nunca llega a la prensa.

Pero ninguna de estas herramientas se compara con lo que muchos especialistas consideran el nuevo equivalente estratégico de la bomba nuclear: el pulso electromagnético (EMP). Un EMP es una descarga masiva de energía capaz de destruir instantáneamente toda la electrónica en un radio determinado: computadoras, redes eléctricas, sistemas de comunicación, vehículos modernos, infraestructura crítica. Un solo pulso bien dirigido puede devolver a un país entero a la era pre-digital sin derramar una sola gota de sangre. Es, justamente por eso, el arma más temida del siglo XXI.

En este escenario de espionaje masivo, virus militares, vigilancia orbital y armas electromagnéticas, la guerra dejó de ser un enfrentamiento físico para convertirse en una competencia por el control de los datos, las máquinas y el silencio. Lo visible importa cada vez menos: lo invisible, cada vez más.

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