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La Industria Farmacéutica: El Asesino que se adaptó a las sociedades

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Industria

La realidad detrás de la falsa estabilidad

La industria farmacéutica, en connivencia con sectores de la psiquiatría institucional y organismos que deberían proteger a los pacientes, opera con una lógica que se mueve entre la negligencia y el crimen corporativo. Investigadores como Peter Gøtzsche llevan años describiendo un ecosistema donde el ocultamiento de información, la manipulación de ensayos clínicos, la compra de profesionales de la salud, la distorsión mediática y el soborno de funcionarios son engranajes centrales del negocio.

Gøtzsche cuestiona incluso la arquitectura diagnóstica del DSM, un manual donde los “trastornos mentales” parecen definirse por votación y no por ciencia. La relajación de criterios convierte vivencias normales —como el duelo— en patologías tratables, ampliando artificialmente el mercado de pacientes. “Una ciencia verdadera no decide la existencia de un fenómeno según los intereses de la industria”, advierte.

Los psicofármacos, presentados como soluciones seguras y efectivas, muestran un panorama muy distinto cuando se analizan sin filtros. Antidepresivos, neurolépticos, ansiolíticos y estabilizadores de ánimo revelan niveles de eficiencia cuestionables y efectos adversos que, a largo plazo, pueden agravar o cronificar problemas originalmente agudos.

La tendencia a mantener a los pacientes medicados de por vida en nombre de la “prevención de recaídas” sostiene un modelo económico donde la enfermedad vale más que la salud.Mientras tanto, el mercado farmacéutico mundial mueve unos 200.000 millones de dólares al año, más que la industria armamentística. Solo 25 corporaciones controlan la mitad del sector. Bayer, Novartis, Merck, Pfizer, Roche y Glaxo acumulan ganancias multimillonarias, reforzadas por su presencia simultánea en las industrias química, biotecnológica y agroquímica. Este poder no solo aplasta competidores, sino también gobiernos débiles, pueblos enteros y cualquier intento de regulación efectiva.

Rompiendo cabezas

El caso de Vioxx es una muestra paradigmática. Merck retiró el medicamento después de años de advertencias sobre sus riesgos cardiovasculares, pero recién cuando ya había muerto suficiente gente como para que la catástrofe fuera imposible de ocultar. Miles de demandas siguen en curso. La FDA, lejos de haber actuado como órgano de control, fue acusada de mirar para otro lado. La pregunta inevitable es si hubo presiones, favores, financiamiento indirecto o directamente sobornos. Con los antecedentes de la agencia, nada sorprende.

En este contexto, los pacientes psiquiátricos cargan con un fenómeno conocido en los consultorios como el “crack”: momentos de lucidez abrupta donde el sujeto percibe el peso químico que lo mantiene sedado o funcional. Es justamente en ese instante, cuando el cristal molido parece girar en la cabeza, donde muchos toman las peores decisiones. Los brotes, las recaídas y la desorientación se vuelven parte estructural de un sistema que promete estabilidad pero fabrica dependencia.

Hay otras formas de vivir, alternativas reales, pero no tienen marketing ni lobbies detrás. No generan ganancias exponenciales ni crean mercados cautivos. La medicina moderna, cada vez más industrializada, parece haber olvidado que su función es curar. Para buena parte del sistema, el objetivo no es la recuperación: es la cronicidad. Y mientras la salud sea un negocio, las personas seguirán siendo materia prima.

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