Durante casi dos años, Israel ha operado en un estado de conflicto casi continuo: Gaza, Hezbolá en el norte, tensiones directas con Irán y amenazas de misiles desde Yemen. Sin embargo, en paralelo, su mercado bursátil ha mostrado uno de los desempeños más sólidos del mundo desarrollado, el shekel se mantuvo relativamente firme y la inversión extranjera continuó fluyendo en miles de millones de dólares. La narrativa oficial habla de resiliencia. Los números, en cambio, muestran presión estructural.
Gastos millonarios en ataque y en defensa
Solo el enfrentamiento de junio con Irán habría costado alrededor de 5.000 millones de dólares en su primera semana. El gasto diario trepó a unos 725 millones: aproximadamente 593 millones destinados a operaciones ofensivas y 132 millones a defensa y movilización.
Mantener activos los sistemas antimisiles implicó entre 10 y 200 millones de dólares diarios, según estimaciones citadas por medios financieros internacionales. De haberse extendido un mes completo, el costo podría haber superado los 12.000 millones, con impactos totales —directos e indirectos— cercanos a los 20.000 millones.
A esto se suma la movilización de unos 450.000 reservistas, una cifra que golpea de lleno la economía real: menos mano de obra en agricultura, construcción y servicios. El déficit fiscal ya se ha ampliado considerablemente y el peso del financiamiento comienza a trasladarse a deuda y presión presupuestaria futura.
La pregunta no es si la economía resiste hoy, sino cuánto tiempo puede absorber este ritmo de quema de capital sin deterioro estructural. En este escenario, algunos analistas financieros internacionales observan un fenómeno paralelo: mientras los Estados incrementan gasto militar y deuda, el capital global busca refugios alternativos.
Bitcoin: ¿un refugio seguro?
Bitcoin, que consolidó su institucionalización tras la aprobación de ETFs al contado en Estados Unidos y alcanzó máximos históricos en 2024, vuelve a aparecer como activo de cobertura ante riesgo geopolítico y expansión fiscal agresiva. No se trata solo de especulación tecnológica: es una lectura de desconfianza en la sostenibilidad fiscal de los Estados en conflicto.
Israel hoy exhibe una paradoja: mercados fuertes en la superficie y tensiones fiscales crecientes en profundidad. Si el conflicto se prolonga o escala, el verdadero frente podría no estar en Gaza ni en el norte, sino en las cuentas públicas. La resiliencia financiera tiene límites. La guerra permanente, también.



















