DEMOCRACIA DIRECTA (continuación)
A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, múltiples corrientes políticas se han definido como “terceras posiciones”, presentándose como alternativas superadoras tanto del liberalismo capitalista como del comunismo marxista. Sin embargo, este posicionamiento no siempre ha significado emancipación real. En muchos casos, ha sido un modo de concentrar poder, canalizar frustraciones populares y consolidar hegemonías discursivas con rostro propio, pero con estructuras autoritarias, verticalistas y profundamente conservadoras.
El fascismo italiano fue una de las primeras manifestaciones modernas de esta lógica. Se proclamó anti-burgués y anti-marxista, pero en la práctica fue un proyecto de Estado totalitario, nacionalista extremo y corporativista. Apelaba a una mística de unidad nacional por encima de las clases, enmascarando la represión brutal de cualquier forma de disidencia.
El peronismo argentino, aunque de raíz distinta, se definió también como una “tercera posición”. Combinó discursos de justicia social con prácticas de centralización política, culto a la personalidad y cooptación de organizaciones populares. Aunque logró conquistas laborales, su ambigüedad ideológica permitió que fuera apropiado tanto por sectores de izquierda como de derecha, generando una identidad que se volvió más pragmática que ideológica, con capacidad de adaptarse a distintos momentos históricos sin romper con las estructuras de poder.
El mileismo, emergente del siglo XXI, se presenta como una ruptura con la casta política, pero en realidad articula una síntesis reaccionaria: neoliberalismo económico extremo combinado con una estética libertaria vaciada de contenido popular. En nombre de la libertad individual, justifica la demolición del Estado social y la subordinación total al capital financiero transnacional. Su discurso antisistema encubre una alianza con los poderes más concentrados y globalizados, canalizando la ira popular hacia formas de autoritarismo tecnocrático.
Por su parte, el sionismo político, en tanto proyecto nacionalista transnacional, ha operado como una tercera posición en el plano geopolítico: ni plenamente occidental ni antioccidental, ni colonialista clásico ni descolonizador. Utiliza una retórica de autodeterminación nacional para justificar proyectos de ocupación y exclusión, tanto territoriales como ideológicas. En muchos casos, establece alianzas con gobiernos conservadores y autoritarios, instrumentalizando el trauma histórico para legitimar políticas que reproducen lógicas de poder, segregación y excepcionalismo.
En todos estos casos, lo que se presenta como “tercera vía” ha sido, en última instancia, una reorganización del poder bajo nuevas máscaras. El enemigo común sigue siendo la autonomía real de los pueblos, la democracia directa sin intermediarios, y el poder popular sin tutores ideológicos. Estas terceras posiciones funcionan como válvulas de contención: absorben el malestar social, lo reconvierten en identidades obedientes y lo devuelven al sistema como parte funcional de su reproducción.
Frente a estas arquitecturas ideológicas cerradas y jerárquicas, la democracia directa emerge como una herramienta viva de desobediencia civil permanente. No necesita de etiquetas, doctrinas ni líderes carismáticos que hablen en nombre del pueblo. Su potencia reside en lo contrario: en la capacidad de las personas de organizarse, deliberar y decidir colectivamente sin filtros ni intermediarios. A diferencia de las terceras posiciones que intentan cerrar el conflicto bajo fórmulas verticales, la democracia directa abraza el conflicto como motor de transformación y permite la coexistencia de visiones diversas sin diluir la acción. Porque aquí no importa tanto cómo se piensa, sino cómo se construye en común, con quién se actúa y para qué se lucha. Es el terreno de la práctica emancipadora, donde la política vuelve a ser territorio de todos y no propiedad de pocos. Solo allí, en la decisión colectiva sin tutores, empieza la verdadera soberanía.
AGUSTIN CASTILLO
@agustin.castillo5822






