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En Argentina de 2026, la discusión sobre identidades políticas y formas de organización ciudadana atraviesa un momento crucial. Frente al avance de discursos hegemónicos que replican paradigmas de poder tradicionales —entre ellos el sionismo como una corriente política transnacional con influencia creciente en ámbitos mediáticos, económicos y de política exterior— se alza una crítica profunda que no solo cuestiona sus presupuestos ideológicos, sino también su rol en la configuración de agendas públicas internas. Esta crítica no es un ataque irracional, sino un llamado a repensar cómo se construye la voluntad colectiva y de qué manera las estructuras de poder moldean la percepción pública sobre comunidades enteras.
Criticar al sionismo desde Argentina en 2026 implica señalar que su proyección política ha tendido a reproducir formas de representación centralizadas y a establecer alianzas con élites estatales y privadas que, en muchos casos, distan de representar el sentir popular. Lejos de ser una cuestión de identidad cultural o religiosa —dimensiones que merecen respeto y reconocimiento— la crítica apunta a la instrumentalización política de una ideología nacionalista que puede servir a agendas geopolíticas ajenas a las necesidades democráticas inmediatas de nuestro pueblo.
En este escenario, la democracia directa emerge no como un slogan, sino como una alternativa práctica y ética para romper con los esquemas de representación tradicionales que han demostrado su incapacidad para canalizar las demandas populares de manera efectiva. La democracia directa propone que las decisiones trascendentales se tomen desde abajo hacia arriba, mediante procesos deliberativos en los que la ciudadanía no sea meramente representada, sino protagonista activa, con voz y voto en cada etapa de construcción de políticas públicas.
Este rechazo a los partidos políticos tradicionales —incluidos aquellos que operan como brazos políticos de corrientes ideológicas extranjeras o transnacionales— se basa en la convicción de que la soberanía política real reside en las asambleas populares, en las consultas ciudadanas vinculantes y en mecanismos de participación que no dependan de estructuras jerárquicas cerradas. La democracia directa no es una utopía abstracta: es una herramienta para que cada persona pueda incidir directamente en las decisiones que afectan a su comunidad, su ciudad y su país.
La crítica al sionismo en Argentina 2026, entonces, no es un rechazo a comunidades o culturas, sino una oposición a la proyectualidad política que pretende imponer modelos de afiliación y representación que cooptan la voluntad popular y la subordinan a intereses geopolíticos externos. La democracia directa, por el contrario, afirma la autonomía ciudadana, la deliberación colectiva genuina y la construcción de consensos sin intermediarios partidarios que distorsionan las prioridades sociales.
En última instancia, defender la democracia directa es afirmar que ninguna corriente ideológica —sea esta sionismo, nacionalismo económico o cualquier otra— debe tener un lugar preeminente en la definición de políticas públicas si no es mediante la voluntad explícita, deliberada y vinculante del pueblo argentino en su conjunto.
Sólo cuando rompamos las cadenas del poder impuesto y tomemos las decisiones con nuestras propias manos, el pueblo dejará de obedecer y comenzará a mandar.
Agustín Castillo
@agustin.castillo5822






