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Venezuela, el doble estándar global y el avance de un orden de control

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Las venas de América sangran nuevamente


Lo ocurrido en Venezuela no puede analizarse como un hecho aislado ni como una simple crisis interna. Es, en gran medida, consecuencia directa de un entramado de poder global que opera desde hace más de un siglo y que hoy se manifiesta con mayor crudeza. El globalismo, articulado por una sinarquía de alta composición, ha demostrado una y otra vez su capacidad para condicionar Estados, desestabilizar gobiernos y moldear sociedades enteras bajo una lógica de control.


La CIA, presentada históricamente como defensora de la “libertad”, ha sido en los hechos una de las principales herramientas de intervención, sabotaje y disciplinamiento político. Golpes militares forzados, respaldo a dictaduras, saqueo sistemático de recursos estratégicos y violaciones masivas a los derechos humanos forman parte de su historial documentado. Las revelaciones de Julian Assange y WikiLeaks no hicieron más que confirmar lo que durante décadas se intentó negar: torturas, asesinatos de civiles y operaciones encubiertas a escala global.


Hoy, sectores crecientes de la población comienzan a correrse el velo. Sin embargo, los verdaderamente conscientes siguen siendo minoría, mientras la realidad avanza con una ferocidad que muchos aún subestiman. El mundo, lejos de estabilizarse, parece encaminarse a un escenario de colapso estructural. No se trata de una consigna apocalíptica, sino de una tendencia observable.
En las últimas horas, el presidente Donald Trump afirmó que la anexión de Groenlandia constituye una cuestión de “seguridad nacional”. Días antes, manifestó estar dispuesto a avanzar militarmente sobre Colombia y México si lo considerara necesario. Estas declaraciones no son exabruptos aislados, sino síntomas de una doctrina imperial que vuelve a mostrarse sin pudor.


Mientras tanto, Argentina parece acomodarse sin resistencia en el regazo del sionismo internacional y del imperialismo financiero, renunciando a márgenes de autonomía política y estratégica. La contradicción se vuelve aún más obscena cuando se observa el doble estándar en el deporte internacional: la FIFA sancionó duramente a Rusia en 2022, obligando incluso a atletas a competir sin bandera, pero guarda silencio absoluto frente a Estados Unidos, pese a su largo prontuario de invasiones, guerras y desestabilizaciones.


El tiempo, como siempre, terminará ordenando los hechos. Pero cuando lo haga, puede que ya sea tarde para quienes hoy eligen no ver.

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